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Las campanas de Aragón: un medio de comunicación                                                          Dr. Francesc LLOP i BAYO

El acceso y la propiedad del medio

Los toques de campanas tradicionales constituían el medio de comunicación dominante, es decir el más eficaz y avanzado tecnológicamente durante cientos de años. Ésta fué la causa de muchas discusiones, a veces a lo largo de siglos, para acceder a la propiedad y por tanto al uso de las campanas para transmitir los mensajes deseados.

La Iglesia intentó resolver el problema afirmando que, fuese quien fuese el que las había comprado y que incluso estaba obligado a mantenerlas, la bendición de las campanas las convertía en algo sagrado, y por tanto bajo el dominio eclesial de forma exclusiva. Tal concepción causó múltiples litigios que, más allá de la mera anécdota, revelan sordas luchas por el poder y por el acceso al principal medio de comunicación. Muestra de ello es la nota escrita en la Consueta de la Seo [ANONIMO (1672:546)], cuando los Cabildos de ambas catedrales zaragozanas se llevaban muy mal, por pretender ser la iglesia principal: Entre el Pilar y la Seo, sobre quien tiene la preeminencia para los entierros [...] al Cavildo del Pilar no tocan las campanas al pasar con el entierro o honras en ninguna Parrocchia, ni convento, ni colegio de la ciudad [...] y en Sanphelipe, en el entierro [...] no les permitieron hacer el officio, cerraron la sachristia, y quitaron las lapidas de los altares, y las lenguas de las campanas.

Esta lucha entre Cabildos quedaría resuelta unos años más tarde, por la Bula de la Unión, del Papa Clemente X, de 1675, por la que se unían ambas Iglesias. La Consueta (1672:472) manifiesta esas diferencias: para el Viatico [...] para los señores capitulares [...] aunque hivite en la parrochia del Pilar [...] y otras de la ciudad, se repica con algo mas de pausa y solemnidad.

Las campanas, la iglesia y el municipio

Los pleitos más usuales fueron entre la Iglesia y el Municipio, por acceder a las campanas. LOURDES SEGURA, en una comunicación personal, nos citaba el Libro de Actas de Alcañiz, de autor ANONIMO (1738): Dia 7 de Noviembre del año 1738 Noche de las Almas

Hizo presente al Ayuntamiento el Señor Prior General que el dean de la Iglesia Colegial de esta ciudad, la noche del Dia de las Almas proximo pasado no permitio que se tocasen las campanas de esta iglesia, de las 8 horas en adelante, como ha sido perpetua costumbre, privando de este sufragio a las Benditas Almas del Purgatorio, y de las oraciones de los fieles, con público escándalo de toda la ciudad. Que el Ayuntamiento resuelva lo que se demora executar para que no suceda año a año.

Se da cuenta al Arzobispo de lo sucedido la Noche de las Almas con el dean de la Iglesia Colegial para que se ponga remedio.

La cita de Alcañiz, aunque muestre cierta animosidad, no es tan explícita como otra de la misma época, transcrita por TOMAS (1964:166/169), referida a Mora de Rubielos: Habiendo ido a Mora en visita pastoral don Francisco Pérez de Prado, obispo de Teruel, en 1745, se halló "en la espinosa coiuntura de hallar a los dos insignes cuerpos de Cabildo y Ayuntamiento embarazados sobre diferentes puntos [...] y siendo tan preciso, dice el prelado, concordar estas dos Comunidades [...] hemos aplicado nuestros paternales oficios a atraher ambos cuerpos a una concordia que uno y otro han admitido por medio de la qual quedan extinguidos los pleitos y acciones nuevamente introducidos, apartandose de ellos reciprocamente." [...]

También diferencias entre el cabildo y la villa sobre el uso de las campanas de la Colegiata. La villa pretendía poderlas mandar tocar cuando quisiese, porque se habían adquirido con el caudal de la primicia y "prohibir el vandearlas por el riesgo de su quiebra". Oídas las razones de ambas partes, el prelado resolvió, con asentimiento de todos, que el derecho de mandar tocar las campanas para las funciones sagradas, misas, rogativas, procesiones y demás oficios eclesiásticos corresponde al prior y cabildo, sin que en esto pueda introducirse el ayuntamiento, según el Derecho. Pero cuando se hubieren de tocar por algún motivo civil, como por ejemplo coronación o casamiento de un rey, victoria de las armas nacionales u otros motivos de pública alegría, corresponderá a la villa el mandarlas tañer. Y en los casos de repentina necesidad, como incendios, etc., cualquier persona particular puede tocarlas, no estando presente la autoridad que pueda mandarlo. Puede suceder que se trate de funciones sagradas, pero no fijamente establecidas, como un tedéum por público motivo, una rogativa para pedir la lluvia, etc., cuya iniciativa parte del ayuntamiento. En estos casos la villa lo solicitará del prior y éste accederá. El cabildo procurará que se guarde moderación en el uso de las campanas, para evitar gastos a la primicia.[...]

Estas y otras diferencias semejantes que existían entre la villa y el cabildo de la Colegiata quedaron allanadas con la concordia a que llevó a ambas corporaciones el señor Pérez Prado. Esta concordia fue firmada por ambas partes en Mora el 10 de octubre de 1745.

La concordia propuesta, sin discutir la propiedad de las campanas, introduce unas interesantes nociones en cuanto a su uso: toques religiosos, dependientes por tanto de la iglesia; toques civiles, cuya iniciativa parte del ayuntamiento; toques de repentina necesidad, que pueden ser interpretados por cualquiera, aunque no haya quien lo autorice. Estas categorías no parecen excesivamente definidas, pero nos enlazan con otros conflictos similares, entre iglesia y poder local, que tuvieron lugar a principios de nuestro siglo.

El motivo era la prohibición de unos toques de campanas contra tormentas, con la excusa de la innecesaria peligrosidad a la que se veía expuesto el campanero. Detrás de ello se encontraba una crítica racional a unas creencias no compartidas, y por tanto denigradas como supersticiones obscurantistas, pero un tercer nivel de análisis apunta hacia un intento de control de las campanas, que aún constituían el medio de comunicación de masas local de mayor alcance y eficacia.

Toques de campanas y Tribunal Supremo

El Estado, y el Municipio, como representación directa del poder civil, perdieron el acceso a esas campanas, ya que como cosa sagrada pasaban a depender de la Iglesia, aunque hubiesen sido compradas con dinero de arcas municipales y el Ayuntamiento estuviese obligado a su conservación. La Iglesia perdió varios litigios que prohibían el uso de sus campanas durante las tormentas. [SEIX (xxx:604)]: Es muy importante la sentencia dictada por el Tribunal Supremo en 6 de Marzo de 1905, que insertan las Gacetas de 20 y 23 de Septiembre del mismo año. Tratábase de la costumbre establecida en Cassà de la Selva de tocar las campanas de la iglesia durante las tempestades, hasta que el Ayuntamiento de dicho pueblo, considerando peligrosa esta costumbre, prohibió semejante uso de las mismas. El vicario general de Gerona recurrió de este acuerdo que fué confirmado por el gobernador de la provincia y despues recurrió de la providencia al Tribunal Provincial de lo Contencioso-administrativo que se declaró incompetente para conocer de la demanda, considerando que las cuestiones de salud e higiene y las mediadas protectoras de la seguridad pública dimanan del ejercicio de las facultades puramente discrecionales, en cuyo caso se encontraba la prohibición acordada por el Ayuntamiento de Cassà de la Selva. Apelado el anterior fallo, el Tribunal Supremo lo confirmó por sus propios fundamentos.

Más importancia que la resolución precedente tiene la R.O. de 18 de Mayo de 1908. Los antecedentes que la motivaron fueron los siguientes: Habiendo pretendido el alcalde de cierta población que el campanario era propiedad del Municipio, y que en su consecuencia el párroco, si bien tendría a su disposición la llave del citado campanario para las funciones ordinarias del culto, debía pedir permiso para las extraordinarias, se elevó la cuestión al gobernador civil, que resolvió de conformidad con el siguiente informe de la Comisión Provincial:

«1º, que a la Iglesia corresponde la propiedad e las campanas y de la torre, y el uso y libre administración de estas;

2º, que la autoridad civil y el Ayuntamiento pueden hacer uso de dichas campanas en los casos y en la forma que han venido haciéndolo, y en circunstancias extraordinarias podrá el alcalde autorizar el toque de campanas si bien poniendo el hecho en conocimiento de la autoridad eclesiástica.»

El alcalde se conformó con la primera parte de la citada resolución, pero recurrió contra la segunda, que resolvió en definitiva el Ministro de la Gobernación por la Real orden citada declarando «que obrando la autoridad eclesiástica dentro de su peculiar competencia y atribuciones, no necesita prevenir ni dar conocimiento a ninguna de distinto orden de los toques de campana que tenga a bien disponer para las festividades religiosas, actos de culto y cuantos con unos y otros se relacionen, y, en cambio, el alcalde debe dar aviso a la autoridad eclesiástica, porque sólo por excepción y tratándose de satisfacer evidente necesidad de interés público, puede disponer que se efectúen los toques de campanas.»

Entonces aparece la segunda edición del libro de FERRERES, en cuyo prólogo (1910:7) justifica la nueva publicación, corregida y aumentada, por la reciente bendición de las campanas, así como por las aportaciones sobre propiedad de las mismas, en las cuales él parece haber colaborado: Hicímoslo con tanto más gusto, cuanto que con ello teníamos ocasión de tratar lo referente al dominio de propiedad de las campanas, sobre lo cual se nos habían hecho mucho antes algunas consultas, ocasionadas por las irracionales exigencias de algunos municipios.

Las campanas, cosa sagrada, son propiedad eclesial

La SECCION IV - Derecho de propiedad sobre las campanas y campanarios, (1910:140/157) discute y rebate tales irracionales exigencias. El discurso, que ya había seguido previamente al hablar de la bendición, es retomado: puesto que las campanas están bendecidas, son cosas sagradas con carácter perpetuo, y destinadas á usos sagrados y públicos; todas estaban y están en el dominio y propiedad e la Iglesia y su uso depende de la autoridad del Ordinario. Así escribe (1910:140): De lo dicho hasta aquí se deduce cuán infundada y ridícula es la pretensión de algunos Ayuntamientos de España, que quieren arrogarse no sé qué dominio y autoridad sobre las campanas y los campanarios de las parroquias.

FERRERES relata nuevamente el segundo caso de los citados por SEIX, en los que parece que informó directamente, así como en otras ocasiones, alguna de ellas en tierras de Aragón. Emplea el mismo argumento: como son cosas sagradas, dependen directamente del párroco, y a través de él del Obispo, por lo que las autoridades civiles no pueden inmiscuirse, y menos intentar controlar, ni siquiera en forma de impuestos u otros arbitrios municipales. La llave del campanario y el nombramiento y control del campanero pertenece al cura, y los municipios tienen derecho precario a tocarlas, en casos no indignos de cosa sagrada. Si los municipios quieren usar campanas, pueden levantar otra torre (1910:142): separada de la iglesia y poner en ella campanas sin bendecir ó bendecidas con la bendición propia de las que se destinan á usos profanos y podrán tener plena jurisdicción sobre dicha torre y sobre tales campanas, pero no sobre las torres y campanas de las iglesias.

Tal argumentación queda confirmada citando un prestigioso jurista: El mismo Alcubilla, nada sospechoso de clericalismo, como ahora se dice, reconoce y confiesa «que aunque los propios de un pueblo y los fieles de la parroquia hayan contribuido á costear las campanas de una iglesia, no por eso debe deducirse que la propiedad de dichas campanas sea del concejo; porque por la bendición ó consagración episcopal que reciben y por el servicio á que principalmente están destinadas, son cosas eclesiásticas.» (Diccionario de Administración Española. V. «Campanas», vol.2 p.198, sig.)

A principios de siglo, las ásperas luchas por la propiedad y el consiguiente acceso a las campanas se expresaron en múltiples áreas: uno de esos campos de combate era la pretensión de cobrar impuestos por esas y otras manifestaciones rituales. SALVADOR y BARRERA (1909:315) escribe, en el Primer Sínodo de Madrid: Las campanas están destinadas al servicio del culto divino y no es permitido emplearlas en usos profanos, ni menos en celebrar el triunfo de los partidos políticos. Advertimos á los párrocos que no consientan la imposición de arbitrios sobre campanas, procesiones ni acto alguno del culto católico.

El proceso de lucha por el acceso a las campanas, de las que uno de los poderes de pugna se apropia, modelándolas a su buen entender, aunque no las haya adquirido, pudiera estar latente hoy en día, pero no hemos encontrado ni siquiera restos de litigios, más o menos recientes. En los pueblos y ciudades parece quedar claro que las campanas del reloj, si las hay, y su maquinaria, son cosa municipal, mientras que las campanas y sus toques son cosa de la iglesia. En todo caso los gastos de conservación suelen estar repartidos al cincuenta por ciento.

La lucha actual por el acceso al medio

Otros medios de comunicación de masas, como los altavoces, medios mucho más eficaces, han reemplazado a las campanas, de efectos mucho más residuales, y que solamente se asocian a las fiestas y a los muertos. Aquí, en la megafonía,  es donde reside ahora la problemática de acceso a la comunicación inmediata, sonora y muy eficaz a todo el pueblo al mismo tiempo. Si hay problemas, que debe haberlos, nosotros no los percibimos, al servirnos de manera muy tangencial de estos altavoces para prevenir sobre la interpretación y recogida de los toques; por tanto, para conocerlos sería preciso profundizar en un aspecto actual que apenas tuvimos en cuenta, al estar más preocupados por colectar y reconocer anteriores procesos de comunicaciOn.

La importante controversia, tan detallada por FERRERES, de acceso a las campanas para transmitir mensajes, ha quedado totalmente obsoleta y desfasada, puesto que otros medios consiguen comunicar mejor y más rápidamente que las viejas, a menudo motorizadas campanas. La pugna entre la Iglesia y el Estado se ha desplazado, quizás, a otros campos tan trascendentes para continuar el presente y para asegurar el futuro como la educación. El uso de una misma torre para servir de reloj y de sustento de los altavoces, a la vez que de atalaya para las campanas, revela al menos cierto compromiso, no demasiado precario, en una sociedad mucho más secularizada.El cambio social

Simplificación y desapariciOn de toques

A lo largo de este trabajo hemos insistido en señalar que los toques de campanas como medio de comunicación pertenecen al pasado: la mayor parte de nuestros informantes recordaron lejanas vivencias y volvieron a interpretar, exclusivamente para nosotros, toques que estaban agazapados, felizmente intactos, en el fondo de su memoria. También hemos hablado de algunas causas que pudieron contribuir a la desaparición: ahora volveremos sobre todas ellas, antes de introducirnos en el proceso, complejo y reciente, de motorización de las campanas.

Hablaremos de aquellos múltiples cambios eclesiales, sociales, económicos y tecnológicos, que nos darán pistas, aunque no una explicación única y convincente para comprender el paso repentino desde los toques diarios y continuados al silencio durante meses de las campanas que, aún, aunque no lo parezca, siguen posadas, anhelantes y mudas, en sus torres.

El cambio eclesial

La mayor parte de los sacerdotes entrevistados en Aragón o en otras comunidades autónomas, explicaban la desaparición de los toques de campanas debido al encarecimiento de los campaneros: dejaron de llamarlos porque, según dicen, pedían cada vez cantidades más desorbitadas.

Es sabido, y con asombro lo hemos verificado, como las actividades litúrgicas tradicionales de todo tipo estaban mediatizadas, determinadas por la cantidad económica que se pagara por ellas; éso pudiera explicar la actitud digamos pecuniaria hacia el problema y el sentido de la explicación. Sin embargo el hecho crematístico, que es casi exclusivamente arguido desde la clerecía para explicar la desaparición de los campaneros enmascara, no sabemos si voluntariamente, otros cambios mucho más importantes que ha vivido la Iglesia: litúrgicos y de visión del mundo tras el Concilio; económicos y monumentales tras la exclaustración o la guerra civil; estructurales ante las migraciones y el progreso.

La Iglesia tras el Concilio

No podemos decir que fuese el Concilio la causa de tanta mudanza: al hablar de liturgia se apuntó que en los primeros años del pontificado de Pío, el papa XII, comenzaron a experimentar cambios en los rituales, que su Santidad no osó aplicar.

La aparente inmutabilidad litúrgica no era tal; SOLANS (1913:VII) escribe que su Manual litúrgico sigue un reciente Breve de León XIII, dado en 1882, así como las Rúbricas recientemente reformadas por la S.C. de Ritos y aprobadas por el mismo León XIII, en 11 de Diciembre de 1897. En este siglo [EDELVIVES (1957:103;212)] hay un cambio de las clases diarias, así como importantes cambios en los rituales de Semana Santa:

La Sagrada Congregación de Ritos publicó en 1955 una notable simplificación de las Rúbricas del Misal, sobre todo en lo referente a la insatauración de la Semana Santa. Las fiestas de los Santos que eran de rito Simple quedan reducidas a mera conmemoración; pero se puede decir Misa con Gloria, fuera de Cuaresma y Témporas. Las fiestas de los Santos que eran de rito Semi doble pasan a Simple, es decir que se suprime el rito Semi doble. Los antiguos Domingos de Semi doble pasan a Doble, salvo los de Septuagésima, que pasan a Doble de 2ª clase y los de Adviento, Cuaresma, Pasión, Ramos y Cuasimodo (o in Albis), que pasan a Doble de 1ª clase. [...] El cambio más impresionante en el nuevo Ordo de Semana Santa, es que los Oficios del Triduo Sacro se celebren por la tarde... El Domingo de Ramos se abrevia muchísimo la bendición de éstos; en cambio se alarga la procesión y se le da mayor solemnidad; los fieles han de tomar parte en los cantos...

El Concilio, con su Constitución Sacrosantum Concilium, que hemos estudiado anteriormente, propone un cambio radical en la visión de la Iglesia, que pasa de querer ordenar el mundo a su medida a adaptarse a las medidas del siglo. La liturgia busca una simplificación de los rituales, una mayor participación, una desaparición o al menos debilitamiento de las barreras entre seglares y clérigos. El presbítero, aquel sacerdote lejano, de espaldas al pueblo, mediador obscuro y misterioso entre Dios y los hombres, se convierte en el presidente de la Asamblea reunida en torno al altar, y no sólo metafóricamente: la mesa del sacrificio se desplaza al centro y todos participan en mucha mayor medida de la Palabra y del contacto con lo sagrado.

Esto supondrá un cambio notable en la idea de grupo: si antes todos éramos Iglesia, cada uno en su rango y lugar, ahora todos podemos ser Iglesia, variedad de dones sin apenas jerarquías. Esta aceptación voluntaria, esta participación cultual, supone al mismo tiempo la ruptura de la Comunidad, ya apuntada: carecerá de sentido informar sobre entierros o bodas, pues no todos participan de tales ceremonias religiosas. Tampoco se comunicará sobre las partes álgidas del ritual, porque los fieles ya están dentro. No son las campanas una manera ruidosa de alabar a Dios ni de contar con los miembros involuntaria o necesariamente ausentes del grupo, sino un mero instrumento, cada vez menos usado, porque menos eficaz, para llamar a los adeptos.

La visión eclesial del mundo, tras el Concilio, modifica la consideración de las personas: se prohiben las clases de entierros, desaparecen, al menos nominalmente, las diversas categorías de bodas, bautizos y comuniones, y solamente a las autoridades civiles se les otorga cierto respeto por su representación de la Comunidad. La idea del tiempo, que cada vez se adaptaba a la noción civil, queda totalmente renovada y modernizada: ya vimos que son capaces de aceptar que la Pascua, cuya ubicación temporal causó tantos problemas a lo largo de los siglos, sea celebrada un domingo fijo, renunciando de pleno a toda idea cíclica, recreadora del tiempo. Y en cuanto al espacio, todas las antiguas obligaciones, prioridades o dependencias desaparecen de golpe: no son ni siquiera citadas.

Al mismo tiempo se evaporan múltiples celebraciones más o menos litúrgicas, que estructuraban la vida del pueblo fiel: rosarios, novenas, triduos, rogativas. No hace tanto escuchamos a un párroco de pueblo decir que como el Rosario le aburría, ponía todas las tardes una cassette grabada que tenía, y que vaya el que quiera.

Estos cambios han de reflejarse en las campanas porque suponen un ataque radical al sistema: el tiempo, al ser considerado como lineal, no precisa ser marcado, y solamente avisarán los actos concretos, regulares, que vayan a celebrar. Todos aquellos toques de vísperas o de coro desaparecen, porque las ceremonias que anunciaban son elimidadas, incluso en las Catedrales, que se limitan a celebrarlas por la mañana, muy simplificadas; no digamos en las parroquias.

Los toques quedan limitados a lo que ahora es lo único esencial: la llamada a misa. La simplificación litúrgica, llevada al extremo, ha hecho todas las misas iguales, por lo que no es preciso marcar sus inexistentes diferencias: serán, si persisten, los únicos toques que quede.

Un campanero, francés, un tantico alejado de nuestra área de investigación, pero cercano en la problemática, señala la necedad de hacer distinciones de clases cuando todas las celebraciones se parecen [DEAUNAY (1978:6)]; ninguno de nuestros entrevistados lo expresó tan explícitamente aunque lo dejaran entrever por sus palabras y gestos: «A quoi bon faire una différence quelconque dans la sonnerie, dit finement M. Dumont, puisque les offices eux-mêmes se ressemblent et qu'on ne distingue plus, maintenant, les grandes fêtes des moins importantes?»

No se representa el espacio, entre otras cosas, porque ya no hay aquella comunicación visual entre torres que permitía el contacto y la coordinación entre todos: los edificios son a menudo más altos que los cercanos campanarios. Tampoco se precisan toques de procesión, porque éstas son eliminadas o desdibujadas hasta sus mínimos rasgos: si hay gentes empeñadas en mantener las tradiciones será, a menudo, con la oposición eclesial, que pretende hacer ceremonias más cerebrales, más lógicas y totalmente alejadas de los sistemas rituales tradicionales, cuyo sentido original puede haberse perdido pero que siguen constituyendo referencias vitales para los vecinos, vivan éstos en su barrio o pueblo o hayan emigrado a la ciudad.

Ciudad y campo: un doble proceso

El razonamiento intelectual que sigue tras el Concilio es coherente con la vida urbana. En los pueblos es un paso en vacío que angustia a grandes masas: todo lo que creían hasta ahora ya no sirve; todo lo que hacían hasta hoy es inútil. La Iglesia renuncia al papel aglutinador que tenía en aquella sociedad total, como la tradicional, precisamente en el momento absolutamente crítico de las grandes migraciones de los años sesenta. Los que salen de su pueblo no encuentran estructuras integradoras en la iglesia de la ciudad sino soluciones segregadoras: que vengan pocos pero buenos cristianos, radicales creyentes. Destaquemos precisamente la oposición entre pueblo y ciudad en lo referente a las campanas y los toques de difuntos: en los pueblos es lo último que ha desaparecido: enterrar a alguien sin campanas suponía, de algún modo, excluirlo de forma tan violenta como la muerte de la comunidad. En las ciudades ocurrió lo contrario: los primeros toques que desaparecieron fueron precisamente los de difuntos, con gran disgusto de los interesados, como afirmaba una carta al Director remitida a un diario valenciano por un sacerdote parroquial [MOSCARDO (1969)].

En los lugares más pequeños, sin sacristán ni apenas vida ritual, solamente suben a tocar unos hombres a tocar a muerto, de manera regular ya que si se toca a fiestas es de manera mucho más informal. En Perdiguera dicen que tocan a muerto por el cariño que le tengo al personal del pueblo. También ocurre otro tanto en Rubielos de la Cérida, donde tocan cuando llega una difunción. La muerte de los anteriores justifica la actual presencia de gentes más o menos reconocidas como especialistas, que tocan, al menos a muerto, ya que los toques de los domingos se realizan simplemente desde abajo y los de fiestas dependen de la inspiración y de la fuerza del momento.

Los casos de villas y ciudades, mucho más complejos, generaron una sucesión diferente: ante la ausencia de nuevos campaneros se optó por instalar motores, como veremos más adelante, o por renunciar a tocar, comenzando precisamente por la eliminación de los toques de difuntos. Estos procesos, que acaban con tradiciones multiseculares por decisiones personales de sacerdotes progresistas, a pesar de la prohibición conciliar que solamente autoriza a los obispos, suponen, sobre todo, un desprecio hacia la cultura tradicional, que presuntamente va contra la Cultura, el Progreso, la Ciencia. Incluso, y entonces ambas ideas van asociadas, contra la Revolución, que ocurriría inevitablemente a la muerte de Franco, o que incluso la iba a propiciar.

MOSCARDO (1969), el anciano sacerdote antes citado, creía que los ataques contra las campanas procedían del diablo, escudado en los nuevos creyentes: Ahora el enemigo de la cristiandad, con la colaboración inconsciente de algunos "apóstoles", tratan de hacer enmudecer por completo a las campanas y suprimir toda manifestación religiosa.

Procesos de desacralización

Simplificando mucho las cosas podemos considerar la sociedad tradicional, en pueblos, villas o ciudades, como una sociedad sagrada, unitaria, coherente, interrelacionada, desigual y jerárquica. La sociedad moderna, por el contrario, sería desacralizada, con diversos compartimentos prácticamente estancos, cuya adscripción fuera personal y voluntaria. COX (1968:23) lo describe así: La urbanización constituye un cambio masivo en la forma en que los hombres viven juntos; sólo se hizo posible, en su expresión contemporánea, con los avances científicos y tecnológicos que surgieron del naufragio de las concepciones religiosas del mundo. La secularización, un movimiento igualmente trascendental, señala un cambio en la forma en que los hombres captan y comprenden su convivencia; ocurrió sólo cuando las confrontaciones cosmopolitas de la vida en la ciudad expusieron la relatividad de los mitos y tradiciones que los hombres, en otro tiempo, creyeron incuestionables. [...] Las aldeas y ciudades están trazadas para reflejar el patrón de la ciudad celestial, la morada de los dioses. Pero una vez trazado, el plano de la polis influye en la forma en que las generaciones sucesivas experimentan la vida y visualizan a los dioses. Las sociedades y los símbolos por los que viven estas sociedades se influyen recíprocamente.

Más adelante redefine la secularización [COX (1968:42)]: La secularización implica un proceso histórico, casi ciertamente irreversible, en el que la sociedad y la cultura son liberadas de la tutela del control religioso y de las cerradas concepciones metafísicas del mundo.

Los procesos de desacralización y la Iglesia

No sabemos si el proceso de desacralización pilló a la Iglesia y le obligó a montarse en su carro, o fué ella, por coherencia interna, la impulsora.

Tampoco interesa tanto aquí la evolución cuanto los resultados: si la Iglesia pretende ofrecer una alternativa en la sociedad moderna (y no a: el matiz es importante), renuncia a las campanas que darían una visión totalitaria, agresiva, misionera (en el sentido original).

En correspondencia con ésto mucha gente se siente atacada por las campanas: aparecen denuncias en las Cartas al Director, protestando de los toques. Decían en València, aunque la reclamación puede ser extendida a cualquier ciudad, en los años sesenta [M.R.P. Y ONCE VECINOS MAS (1969)]: ... tradicionales fiestas. Entre el programa de las mismas figura el volteo general de campanas, y ésto durante varios días y no porque se anuncien con este volteo los actos litúrgicos ni mucho menos. Las campanas se tocan porque es fiesta. Hasta ahora nada malo. Pero viva usted en el edificio de enfrente, cara mismo al campanario, y me dirá usted si el hecho carece o no de importancia. [...] Por ello es por lo que abusando de su amabilidad, señor Director, me permito dirigirle estas líneas, para ver si de esta forma, por medio del periódico de su digna dirección, llega a oidos de la persona responsable  [de] este atentado a la tranquilidad y al sueño de unos sufridos vecinos.

Como respuesta, otros se sienten agredidos ante la sensación de agresión, y acusan, días más tarde, a estos vecinos, de ser malos ciudadanos, de ser malos valencianos y yo que sé cuantas cosas más, que no carecen de interés, pero que están aquí algo descontextuadas.

Los toques ya no significan, sobre todo en las ciudades, un sistema de referencia, de identidad, de acompañamiento, sino una agresión, incluso para los creyentes, que es preciso denunciar y acallar.

Simplificación económica

La Iglesia tiene que renunciar, también, a cargas económicas, porque sus finanzas, desde la Desamortización y las pérdidas irreparables de la guerra civil le impiden satisfacer actividades marginales, poco productivas. Al disminuir los caudales, si en los primeros cuarenta todavía se piensa en liturgia y ritual, en los sesenta se dirigen los recursos a liberación y compromiso, es decir a actividades mucho más politizadas y de mayores rendimientos evangelizadores, tanto de signo conservador como progresista.

Los campaneros no son caros porque quieran cobrar mucho; son gravosos porque su actividad, relacionada con la liturgia y la posiciOn de la Iglesia en el mundo, ha perdido casi toda su importancia. De hecho, como veremos más tarde, se le niegan cien pesetas por toque al campanero, pero se emplean cien mil para motorizar las campanas, con lo que el servidor del templo (así los llaman) hubiese podido dedicarse a sus repiques, decentemente, por el resto de su vida.

El cambio de la liturgia y del ritual, propiciado por una importante revisión de las concepciones de la Iglesia en el mundo, remueven las bases de los toques tradicionales de campanas, interpretados por sacristanes y campaneros. Si a ello unimos un cierto empobrecimiento eclesial, ya que los recursos seculares (tierras, propiedades, herencias) menguan o son destruidos por guerras y desamortizaciones y sobre todo una clara desviación de fondos hacia actividades más efectivas, desde un punto de vista de la evangelización y difusión de la Idea, queda justificada la desaparición de muchos toques.

Otros tópicos sobre encarecimiento de mano de obra y peligrosidad de los toques (ya que en caso de accidente se dice que podrían arruinar a una parroquia) refuerzan lo superfluo de unos toques desde unas torres que antes emergían, solitarias y dominantes sobre el caserío, y que ahora se encuentran ahogadas por edificios privados, mucho más altos.

Los motores, que se ofrecen como alternativa de progreso, de ordenación, de regularidad, de economía y de comodidad, vendrán a suplantar la tradición, rompiendo bruscamente, y con la aprobación mayoritaria de clérigos, autoridades y fieles, con siglos de regulación comunitaria del paisaje sonoro.Motorización y restauración de campanas

Tras la jubilación y muerte de los viejos campaneros tradicionales, los antiguos toques desaparecieron. Sus hijos estaban dedicados a otros menesteres, y las campanas permanecieron mudas, en muchas torres, hasta nuestros días, salvo algún toque esporádico, realizado a menudo con más buena voluntad que conocimiento de las antiguas reglas y partituras. Poco a poco motores u otros ingenios eléctricos fueron sustituyendo las manos amorosas de los campaneros, en un proceso todavía inconcluso.

La mecanización, donde la hubo, supuso el desprecio más absoluto de las imperfectas reglas tradicionales, y se impusieron otros modos de sonar las campanas, mucho más perfectos y armónicos.

Los toques tradicionales, con su claro origen histórico, referido no sólo al contenido sino también a la forma desaparecieron de repente. Nuevas técnicas, nuevos sonidos, llenaron desde entonces el espacio sonoro colectivo aragonés.

Vamos a intentar comprender por qué los nuevos toques no se parecen a los antiguos. Hablaremos del principal proceso de motorización, el del Pilar y luego de Santa Engracia, en Zaragoza. Otras torres electrificaron sus campanas, con métodos más o menos sofisticados tecnológicamente, y con muy diversos resultados.

Aunque bastantes torres siguen mudas, muchas otras se mecanizan, y cada una con el estilo que le da el instalador contratado: en algunas torres, las campanas sólo voltean previo cambio del yugo de madera por otro metálico; en otras se ponen martillos eléctricos, sin quitar a las campanas los viejos yugos de madera. En otras torres desmontan las campanas, las cuelgan de vigas fijas de hierro y les adosan martillos eléctricos exteriores.

El proceso de motorización del Pilar en Zaragoza

Las primeras campanas de las torres tradicionales de Zaragoza aquejadas de la fiebre de la instalación mecánica fueron las de la Basílica del Pilar.

La importancia de los cultos, el vigor de sus ceremonias litúrgicas y, ¿por qué no?, las posibilidades económicas de la otra Catedral zaragozana, debieron acelerar el proceso de cambio: las campanas del Pilar fueron motorizadas, poco tiempo después de la jubilación de SIMEON MILLAN como escribe ANONIMO (1977): El 14 de agosto de 1963 se inauguró el primer sistema eléctrico de volteo de las campanas del Pilar. Se inauguró anunciando a los zaragozanos la hora del Angelus. La instalación costó dos meses de trabajo y ciento sesenta mil pesetas, que aportó el Cabildo. Las que se electrificaron fueron sólo siete de las dieciseis que se cobijan en las torres del Pilar. Nuestro templo es uno de los que más campanas tienen.

El texto denota un importante cambio: hablan de sólo siete de las dieciseis campanas que existen en las torres. Los campaneros tradicionales consideraban que las campanas del Pilar eran el mejor conjunto de Zaragoza. Cuando ellos se referían a campanas, nunca pensaron en otras que no fueran las suyas, ni siquiera en las campanas del reloj, y mucho menos en las de las otras torres.

Encontramos una primera e importante distinción cultural: para unos, sólo son campanas aquellas dedicadas exclusivamente a los toques tradicionales; las otras, las del reloj, las de las otras torres, no son ya campanas, o por lo menos no cuentan en la disposición. Para los otros, aquéllos que administran el lugar, y tienen la posibilidad de elegir y decidir, para el Cabildo, son campanas todas, incluso las que están destinadas a otros usos o se encuentran en otras torres.

Esta primera electrificación, realizada por los Hermanos Alonso, según la técnica de Vidal Erice (Pamplona) fracasó no sabemos por qué causas. En este primer intento de motorizar las campanas se limitaron a cambiar los yugos de madera por otros de metal fundido, y las campanas daban la vuelta entera, estando todavía instaladas en los amplios ventanales de la torre. Las campanas volteaban, por tanto, pero recordemos que los campaneros tradicionales sólo empleaban este toque una o dos veces al año. La primera electrificación fracasada, hubo otra posterior, hecho que relata el autor ANONIMO (1977) antes citado:

La segunda instalación eléctrica de la sonería del Pilar se inauguró el 11 de octubre de 1969, poco antes de dar comienzo la presentación de la reina de las fiestas.

Esta segunda instalación supuso un cambio revolucionario: el texto ya introduce una palabra nueva, en la cultura aragonesa: sonería. En la tradición campanil centro-europea, una sonería, en francés sonnerie, es un conjunto de campanas que tocan a medio volteo.

La nueva electrificación fue realizada por la prestigiosa casa Guixà, de Monistrol de Montserrat, estando encargado del estudio y de la realización ARCADI CASASUS. Esta empresa recicladora de campanas es posiblemente la que trabaja en la actualidad con una mayor limpieza y perfección en el conjunto de fabricantes e instaladores de campanas de todo el Estado.

Introdujeron una extraña manera de sonar las campanas, distinta a las conocidas por estas tierras aragonesas. En un artículo antológico de autor ANONIMO (1972c) publicado en la "Hoja Parroquial" de la parroquia de Santa Engracia justificaban la innovación:

¿En qué consiste la nueva reforma de la sonería de nuestras campanas? Pues, sencillamente, en la electrificación y automatización del sistema campanil mediante la instalación de motores de semivolteo. El semivolteo trae como consecuencia un control más perfecto de la sonoridad de cada campana, pudiendo tener las máximas resonancias y los máximos efectos. Por el sistema de medio volteo las campanas se balancean hasta una altura aproximada de 180° y el badajo golpea a la campana cuando ésta ha alcanzado su punto máximo ascendente. Una vez que ha golpeado el badajo, se retira rápidamente y baja junto con la campana, golpeando a continuación y de la misma manera en el lado contrario. Como se comprende, el ritmo de la campana es siempre acompasado, ya que se basa en la ley del péndulo, siendo su sonoridad perfecta. Este sistema está fundado en los estudios del decimonónico artífice vienés Christian Doppler y sustituye al antiguo voltaje total a mano o eléctrico, en el que el badajo, golpeando brutalmente la campana en la fase descendente, ahoga en gran parte la sonoridad.

La nueva instalación de las campanas del Pilar generaba una perfecta sonoridad, introducía unos ritmos acompasados, creaba vibraciones equilibradas.

Para producir tales efectos regulares, las campanas fueron desmontadas del campanario, en cuyo interior, en el espacio que ocupaba la campana grande, colocaron una estructura paralepípeda, metálica y elástica, que sólo está fijada por su parte inferior a la torre.

Volvieron a instalar las campanas, dentro de la torre esta vez, las pequeñas por encima de las mayores. Dos de ellas estaban rotas, aquellas que los campaneros llamaban la Josefa y la Joaquina. La tercera desmontada, que aún sonaba para los campaneros, fué la Teodora, la otra pequeña, de 475 Kg. de 1828.

Introdujeron otras dos, las del reloj. Hubo otro importante cambio en la disposición, término que, como ya dijimos, tiene múltiples significados para los viejos campaneros zaragozanos: quería decir número de campanas, notas de estas campanas y también lugar que ocupan en la torre las unas con respecto a las otras.

Las campanas renovadas están ahora dentro de la torre, y ya no pueden voltear. Tampoco es posible repicar como antes, y no sólo por el cambio de lugar: en este tipo de instalación se  requiere un gran badajo muy pesado y largo, necesario para el nuevo toque pendular.

Las siete campanas instaladas en la torre vieja del Pilar son, de mayor a menor, según los textos de autor ANONIMO (1969c):

- la Pilar, de 3.000 Kg, de 1866.

- la Braulia, de 1.500 Kg, de 1783.

- la Atanasia, de 1.500 Kg, de 1794.

- una campana del reloj, inglesa, de 580 Kg, de 1764.

- la Jacoba, de 230 Kg, de 1804.

- una campana del reloj, inglesa, de 100 Kg, de 1764.

- la Ana, de 50 Kg

No termina aquí el proceso de cambio. Tres años más tarde llegaron a Zaragoza, para ser instaladas en la sonería otras dos campanas, recién fundidas, que completaron el nuevo conjunto. Según ANONIMO (1972b):

Se han adquirido dos nuevas campanas, con lo que se completa el sistema de sonería del Pilar. Estas campanas han sido fundidas con otras que había rotas en la Basílica, y el trabajo se ha realizado en Montserrat. Una de las campanas, la mayor, pesa 1.700 kilos y lleva por nombre el de "Petra-Paula", en recuerdo y homenaje del Papa Pablo VI y del Arzobispo de la diócesis, doctor Cantero. También lleva una inscripción en la que indica que todos debemos seguir las huellas de estos dos santos. La segunda es más pequeña, pesa 308 kilos y lleva por nombre "Isabel", en recuerdo del séptimo centenario del nacimiento de Santa Isabel, infanta de Aragón y reina de Portugal. Las dos campanas llevan fecha de 1971, año en que fueron encargadas... Esta gran campana que se coloca ahora es la tercera en tamaño. La primera sigue siendo la del reloj, que a su vez es una de las más grandes de España después de las que existen en Toledo y Valencia.

El sistema de sonería quedó completado en el Pilar, y existen numerosas referencias en la prensa de entonces; los titulares de una entrevista publicada en el "Heraldo de Aragón" [ZAPATER (1972a)] dicen: Llegaron las dos nuevas campanas que faltaban. Pronto quedará completo el sistema de sonería de la basílica del Pilar. Consta de diez campanas, incluyendo la del reloj, que es la tercera de España por su peso. «Ya tenemos las notas que faltaban: el Do sostenido y el Si3, con todas sus armónicas y concomitantes.»

El excelente técnico ARCADI CASASUS hablaba en esa entrevista de las nuevas campanas y sus inscripciones, afirmando entre otras cosas [ZAPATER (1972a)]: El campanario constituye un conjunto musical perfecto; en adelante sonará mucho mejor... El conjunto musical campanil del Pilar consta de diez campanas, incluyendo la grande, la del reloj, que también hay que poner en juego, aunque está en distinta torre, con el conjunto de sonería... Las dos campanas, las dos notas que faltaban, ya están aquí. Pronto completarán el conjunto musical del campanario pilarista... En la fundición han utilizado tres campanas que estaban rotas. La sonería campanil de la basílica del Pilar expandirá armónicamente sus notas; el lenguaje universal de las campanas volará de la mano del también lenguaje de la música.

De otro artículo del "Heraldo de Aragón" de los mismos días entresacamos otra frase que recalcaba esta idea [ZAPATER (1972b)]: Pronto nos ofrecerán su especial sonido, las dos notas que faltaban para que el sistema de sonería quede completo.

La nueva sonería, que es un nombre europeo y totalmente ajeno a la tradición en Aragón, queda casi completa, en espera de poder unir más adelante la campana de las horas que está en otra torre de la basílica.

Las campanas no pueden repicar, ni tampoco bandear, dando la vuelta completa; a partir de ahora oscilarán al estilo centroeuropeo, que es para la tradición aragonesa el toque de muerto rico por excelencia. Los instaladores piensan que sus toques llaman a la fiesta, y para los viejos zaragozanos les recuerdan los solemnes entierros de su juventud.

Las campanas de la Seo de Zaragoza y su electrificación

La electrificación de las campanas de la Seo, que siguió un proceso mucho menos elaborado, también muestra el desprecio de los mecanizadores hacia los viejos toques. Desde la muerte de FELIPE GOMEZ sólo tocaron las campanas de esta Catedral de manera esporádica, y no llegó a haber una persona dedicada exclusivamente o por lo menos principalmente a hacer sonar esas campanas a lo largo del día. La primera visita del Papa Juan Pablo II a Zaragoza motivó al Cabildo a buscar una solución de compromiso para que tocasen nuevamente, ya que, como dijo AGUSTIN PINA, Deán del Cabildo: ¡Cómo vamos a dejar mudas las campanas de la Iglesia Mayor!

No se encontró mejor solución que electrificarlas, pero como los presupuestos económicos disponibles no eran elevados, se pensó en poner martillos eléctricos adosados a las campanas.

La instalación ge realizada por la Casa Guixà, los mismos que modernizaron las campanas del Pilar. Desde un punto de vista tecnológico la instalación fue perfecta, pero tampoco se reprodujeron los toques antiguos. ARCADI CASASUS diseñó el repique más simple: la mitad de las campanas de la torre suenan juntas; luego suena la otra mitad y finalmente hay un momento de silencio, similar en su duración a los otros dos momentos, o quizás es un poco más largo.

El instalador, como nos afirmó en una comunicación personal, eligió él mismo el repique, y desconocía cuál era el modo tradicional de repicar en Zaragoza; no había pensado en reproducir con esas campanas la manera de repicar zaragozana. Ni lo había pensado ni se lo habían pedido.

Las campanas de Nuestra Señora de la Asunción de Cariñena

La torre gótica y octogonal de Cariñena tiene cuatro campanas: una gótica, otra del XVII, otra del XIX y otra de este siglo.

Una de las dos menores no era volteada jamás; la otra era tocada al menos cuatro o cinco veces al día, a volteo completo o a semivolteo, según el momento. Las dos campanas mayores eran volteadas, según la importancia de las fiestas: para una fiesta de menor entidad solamente repicaban las cuatro campanas; para una fiesta de segunda volteaba, tras el repique de segunda, solamente la campana menor.

Para fiestas de primera, tras el repique de primera, volteaba la campana mayor, y en casos muy especiales volteaban únicamente las dos campanas grandes. El toque de muerto, un repique muy animado, era tocado con las dos menores en la mano derecha, a través de una combinación de cuerdas; la tercera campana con la mano izquierda y la mayor con el pié.

Hace unos veinte años el último sacristán tradicional, JOAQUIN PINTANEL, emigró a Zaragoza: había recibido una oferta laboral que multiplicaba por diez y seis su salario mensual. Él se ofreció a aconsejar a los electrificadores para que instalasen los motores de acuerdo con los toques tradicionales: Pero para repicar, que además se lo dije yo: "Si quieren electrificar bien las campanas, me llamen ustedes y yo les orientaré y podrán acoplarse a la forma de tocar yo, porque ahora con la electricidad se puede hacer muchas cosas." Pero no han dicho nada; pues digo: "¡Vais a hacer puñetas!"

Efectivamente, nadie le preguntó nada: en la grabación de sus toques estuvo presente el sacerdote que había tomado tal iniciativa, que nunca había visto tocar y desconocía los códigos de Cariñena.

La electrificación realizada ge la siguiente: la campana pequeña, la que nunca giraba, tiene motor para hacerlo, así como la mediana, para lo que tuvieron que cambiar los yugos de madera, que están pudriéndose en la misma torre, por otros de hierro.

Para cualquier fiesta voltean la pequeña y la mediana, cosa que nunca ocurrió. Y la segunda, precisamente aquella que volteaba dos o tres veces cada día, está inmóvil, así como la mayor. Ambas tienen un pequeño martillo eléctrico que solamente puede dar golpes pausados y no repiques; el toque actual de difuntos es con estas dos campanas, a badajazos lentos.

Los ejemplos citados, con ser significativos al tratarse de grandes conjuntos de campanas, no son más que una muestra de las electrificaciones de toques realizados en los últimos veinticinco años. Cada instalador, con sus normas a cuestas, sin humillarse a preguntar las costumbres locales, instala según su buen entender motores o martillos, en las zonas por las que se extiende su área comercial.

Hay incluso unos instaladores que se dedican a serrar las asas exteriores de la campana, lo que supone unos buenos kilos de bronce por cada una, para instalar con mayor facilidad su moderno yugo metálico, a través de unos taladros en la parte superior de la mutilada campana.

Las restauraciones de monumentos nacionales

Las restauraciones de monumentos nacionales no son mucho más afortunadas y citaré dos casos en los cuales no se han cambiado, de momento, las campanas, aunque los toques han quedado casi imposibilitados por las actuaciones de los responsables restauradores que han despreciado igualmente las campanas, su colocación y los toques que podían producirse según esa combinación.

La torre de la Catedral de Jaca

La Catedral de Jaca ha sufrido una reciente y larga restauración, en la que me limitaré a los efectos producidos en la torre y los sistemas de toques tradicionales. Hay cuatro campanas grandes en un mismo nivel, de las que voltean las tres menores y dos campanetas unos cuantos metros más arriba.

Todas las campanas eran tañidas con un sistema de cuerdas muy parecido al de un carillón, no en vano está Jaca en una de las vías del Camino de Santiago, y es posible que tales técnicas fueran introducidas desde el centro de Europa; son las únicas similares que hemos recogido. Las cuerdas llegaban hasta mitad de la torre, donde estaba antes la vivienda de la familia de sacristanes y campaneras. A la hora de la restauración, que ge precisamente pocos meses después de la muerte del último sacristán tradicional, aunque su mujer seguía ejerciendo de campanera, fueron destruidas todas las cuerdas para el toque, desapareció la vivienda y el banco de madera desde el cual tocaban, fueron levantados los suelos y sustituidos por maderas de calidad sospechosamente baja.

La campana mayor, que tenía una pequeña habitación dentro de la gran sala de las campanas, ge liberada de las paredes que la rodeaban, con lo que cambió radicalmente su sonoridad. Las campanetas, las dos campanas pequeñas, fueron entabicadas, sin pensar en dejar espacio para el paso de cuerdas para el repique.

Ante tantos cambios, nuestra campanera, CONCHA DEL CACHO, al pedir explicaciones, recibió una respuesta que aún le duele, y que suele repetir a los visitantes: ¡Esas campanas que las electrifiquen, que eso ya está pasado de moda!

Las campanas están sufriendo en setiembre de 1987 un salvaje proceso de electrificación por el mismo instalador que destruyó el conjunto tradicional del Pilar de Zaragoza.

Aunque parte de supuestos correctos, para una mentalidad centroeuropea (trabaja con patentes y materiales alemanes), los toques que pretende imponer no tienen relación alguna con los acostumbrados en Jaca. Es posible que, mediante la Ley de Patrimonio (Ley 16/1985, de 25 de Junio, del Patrimonio Histórico Español) se le obligue a echar marcha atrás, dejando las campanas como estaban e instalando una mecanización alternativa, por medio de ordenadores, que respete y reproduzca los toques tradicionales, sin dejar de impedir el bandeo y repique manual cuando se desee.

Barbastro (Catedral)

Otro caso similar de restauración en la cual no se han tenido en cuenta ni las campanas ni las necesidades de los que las tocan, es el de Barbastro. Su torre exenta, que pudiera ser una torre mudéjar recubierta de piedra, constaba de una torre interior de ladrillo, con diversas habitaciones en los distintos niveles, y una torre exterior, unidas por una escalera de ladrillo. El nivel de las campanas era una gran habitación hexagonal, con amplios ventanales, en cuyo centro se instalaba la última campanera que pulsaba las cuerdas unidas a los badajos de las cuatro campanas actualmente existentes.

Tras la restauración vaciaron las diversas estancias de la torre central hasta el nivel de las campanas, dejando un gran pozo interior que modifica la resonancia de las campanas y que impide la colocación del actual campanero en el centro; ha tenido que improvisar un sistema de poleas que le permite tocar desde un lado, con cierta dificultad, pero alguno de los toques tradicionales es imposible de volver a ejecutar, en especial el volteo de la gran campana mayor que añade a la peligrosidad de la técnica la cercanía del pozo central.

La mecanización de ciertas campanas en Aragón así como alguna de las restauraciones de torres, han modificado radicalmente la colocación y el uso de las campanas. En este proceso se oponen y enfrentan dos modos de concebir y practicar los toques de campanas que corresponden a dos maneras opuestas de ver el mundo. Los campaneros tradicionales representaban, posiblemente, un modo más arcaico y localista, de participación y de comunicación. Las nuevas campanas, motorizadas representan, seguramente, una manera moderna, mucho más universal, de producir música, de modo automático.

¿Quién fue el responsable de tal elección? En muchos casos, ni siquiera la hubo: los viejos campaneros habían muerto ya, o eran muy ancianos, y difíciles de localizar. Los instaladores de campanas, con sus ideas estéticas a cuestas, supieron ofrecer un producto comercial atractivo, regular, cómodo, de acuerdo con los valores actuales. No hubo siquiera elección. A todo caso, una desidia creciente, un desprecio inconsciente de lo antiguo, un desconocimiento de los antiguos valores que animaban y justificaban los viejos toques de producción manual. En esta lucha entre dos culturas, la de los campaneros, arcaica, desapareció casi sin dejar rastro.

La electrificación aparece como un hecho tecnológico muy bien realizado y como un hecho cultural ambiguo. Desde un punto de vista tradicional, la electrificación supone un asesinato, el fin de un largo estilo, basado en lejanas e imprecisas raíces históricas, de comunicar y de hacer música en el espacio sonoro colectivo. Desde el punto de vista moderno supone un gran avance: por fin se introduce la armonía y la homogeneización, con respecto a unas reglas musicales centroeuropeas.

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